Encontré en sus brazos lo que venía buscando. Ahora sé que todo lo tengo, ahora sí que estoy como quiero.
Porque cuando estuve feliz, él me recibió en mi euforia; y cuando algo malo sucedió, él mismo me esperó con los brazos abiertos para decir, sin necesidad de palabras, todo lo que quería decir. Cuando me abrazó yo supe a lo que la gente se refiere cuando dice que siente paz.
Tomé su mano una vez, y no sentí nada. El tiempo pasó, y el error nos llevó a unirnos en una enredadera de manos por segunda vez, y lo demás estuvo de más por un lapso de tiempo que podría haber sido eterno o una cuestión de instantes. Cuando su mano agarraba la mía, nada malo ocurría, porque no existía nada más que nuestras manos, era sólo eso para mí. Porque todo era ajeno a ese momento paralizado en el misterio del tiempo.
Porque la realidad se sentía incompleta estando mi mano tan sola en su ausencia. La realidad no parecía tan real como lo era cuando nuestros dedos se entrelazaban, como lo era cuando me abrazaba.
Porque la realidad, en realidad, para mí era real por momentos, y no exactamente en aquéllos que sí eran reales, sino esos en los que él aparecía... La realidad era real sólo en mis sueños.

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