Holly hundió la nariz en el suéter azul de algodón y un olor
familiar la golpeó de inmediato: un abrumador desconsuelo le cerró el estómago
y le partió el corazón. Le subió un hormigueo por el cogote y un nudo en la
garganta amenazó con asfixiarla. Le entró el pánico. Aparte del leve murmullo
del frigorífico y de los ocasionales gemidos de las tuberías, en la casa
reinaba el silencio. Estaba sola. Tuvo una arcada de bilis y corrió al cuarto
de baño, donde cayó de rodillas ante el retrete.
Gerry se había ido y jamás regresaría. Ésa era la realidad.
Nunca volvería a acariciar la suavidad de su pelo, a intercambiar en secreto
una broma con él durante una cena con amigos, a lloriquearle al llegar a casa
tras una dura jornada en el trabajo porque necesitaba algo tan simple como un
abrazo; nunca volvería a compartir la cama con él, ni la despertarían cada
mañana sus ataques de estornudos, ni reiría con él hasta dolerle la barriga,
nunca volverían a discutir sobre a quién le tocaba levantarse para apagar la
luz del dormitorio. Lo único que le quedaba eran un puñado de recuerdos y una
imagen de su rostro, que día tras día iba haciéndose más vaga.
Su plan había sido muy sencillo: pasar juntos el resto de sus
vidas. Un plan que todo su círculo consideró de lo más factible. Nadie dudaba
de que fueran grandes amigos, amantes y almas gemelas destinadas a estar
juntas. Pero dio la casualidad de que un día el destino cambió de parecer.
El final había llegado demasiado pronto. Después de quejarse
de una migraña durante varios días, Gerry se avino a seguir el consejo de Holly
y fue a ver a su médico. Lo hizo un miércoles, aprovechando la hora del
almuerzo. El médico pensó que el dolor de cabeza se debía al estrés o al cansancio
y aventuró que en el peor de los casos quizá necesitase usar gafas. A Gerry no
le gustó nada aquello. Le molestaba la idea de tener que usar gafas. No debería
haberse preocupado, pues resultó que su problema no residía en los ojos, sino
en el tumor que estaba creciendo en su cerebro.
P.S. I love you.
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