No entraré en la poética, ni en el amorío hacia vos, ni en mis caprichos inconcebidos, ni en mi soberbia, ni en mis logros. Sólo vengo a decir una verdad, una verdad que me persigue hace rato queriendo salir gritando de mí enojada. La soberbia se me ríe en la cara y me dice que ganó. La comencé a odiar, y está dentro mío, alimenta mi ego, me hace sentir superior, superior que yo misma, superior que los demás. Y eso me hace odiarme, porque aún hay una humildad, soberbia, pero es humilde, que no quiere que me invada por completo. No quiere, no lo permite, está llorando a cántaros el avance impasible de la soberbia. No te queremos acá! Salí! Rajá o te sacamos a patadas! Decía la humildad, pero ni ella se lo creía. Y yo que sin saber qué hacer no sabía cómo reaccionar... el problema es que me la creo. Y mi mente se pelea entre ella misma, se quiere poner los pies en la tierra pero la soberbia la sube con fuerza. Y hace fuerza y no puede bajarse ya. Digamos que me odiaría. Digamos que octubre nunca está muy bueno para mí. Digamos que no sé por qué digo tanto si en verdad mi soberbia se me seguirá riendo en la cara, se me reirá cada día más fuerte, me va a consumir el alma hasta dejarla podrida y corrompida. Y ahí es cuando Dios me va a salvar, y gracias. Porque si ya lo hiciste una vez, y mil quinientas millones veces más, una más lo vas a hacer, tengo esa fe aún... gracias.
Igualmente, me seguiré odiando mientras que la soberbia viva en mí.
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