lunes, 5 de diciembre de 2011

-Chau.
-Nos vemos.
Luego de saludarlo, me di la vuelta y caminé hasta mi hogar, mientras mi amigo tocaba el timbre de su casa para poder entrar. En aquellos treinta segundos que demoré en llegar hasta la esquina y girar en dirección a la izquierda, mientras escuchaba cómo le abrían a mi amigo para que pudiese entrar; dos preguntas que guardaban muy poca relación entre sí, se me cruzaron por la cabeza: ¿Habría sido él quien abrió?  y ¿Dónde estaba el auto?
El viejo auto color amarillo que tanta historia poseía no se encontraba estacionado frente a la morada que acababa de dejar a mis espaldas, como comunmente sucedía. "Seguramente habrá ido a dar una vuelta en él, y no se encuentra aquí por eso", concluí pensando más tarde.
Hablando por teléfono luego con mi amigo, me explicó que el auto estaba guardado en el garaje y que su hermano se encontraba en casa, haciendo unos planos, y había sido él quien le abrió la puerta cuando tocó el timbre. ¿Qué habría pasado si me hubiera volteado a ver si era él quien había abierto? Supongo que habría levantado mi mano y lo habría saludado con una sonrisita indiferente en mi cara. Pero no lo hice. No me volteé. Seguí caminando con la mirada a la altura de mis ojos, y sosteniéndo con ambas manos la mochila que colgaba en mi espalda. Caminé hasta que llegué a la esquina, pensando en las situaciones posibles que habrían pasado si me hubiera volteado a ver, y antes de doblar me animé. Bajando la velocidad de mis pasos, pero sin parar de caminar, giré la cabeza hacia el camino que acaba de transitar, y observé. Observé el suelo, las paredes de las casas, los árboles, y su ausencia. Él no estaba allí afuera esperando para saludarme.
La vista que acababa de apreciar fue reemplazada por las casas que se encontraban al costado de mi cuerpo. Aceleré el paso y avancé por aquel camino que tantas veces había recorrido hacia mi casa, acompañada por mi soledad y por la oscuridad impenetrable del cielo que nos vigila por las noches.

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