jueves, 7 de abril de 2011

Jacob y Bella (No queremos que aparezcas, Edward!)

"Jacob había desarrollado durante los últimos ocho meses buena parte de su 
potencial físico. Había superado ya ese punto en que los blandos músculos de la 
infancia se endurecen hasta alcanzar la complexión  sólida, pero desgarbada, de un 
adolescente. Las venas y los tendones sobresalían de su piel de color marrón rojizo en sus brazos y sus manos. Su rostro no había perdido  la dulzura que yo recordaba, aunque también se había endurecido: los pómulos y la mandíbula estaban más cuadrados. Había perdido toda la suavidad restante de la infancia. 
—¡Hola, Jacob! —sentí una desconocida oleada de entusiasmo ante su sonrisa. Fui consciente de lo mucho que me alegraba de volver a verle y esta idea me sorprendió.Le devolví la sonrisa y algo se encajó silenciosamente en su lugar con un  clic, como si fueran dos piezas que se acoplan en un puzzle. Había olvidado cuánto me gustaba Jacob Black.
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Necesitaba controlar mi entusiasmo a fin de no infundirle una idea equivocada, pero lo cierto es que me resultaba difícil ya que hacía mucho tiempo que no me sentía tan ligera y optimista.


Mientras subía las escaleras, esa sensación anormal de bienestar que había  experimentado desde el final de la tarde se fue escurriendo de mi cuerpo, al tiempo que me iba invadiendo un miedo sordo ante lo que me tocaba pasar a partir de ahora. Ya no me sentía aturdida. Esa noche volvería a ser, sin duda, tan terrorífica como la anterior. Me tumbé en la cama y me acurruqué en una bola, preparándome para el ataque. Apreté los ojos, bien cerrados y... la siguiente cosa que recuerdo es que ya era por la mañana.

No confiaba en que aquello durara mucho. Me balanceaba en un equilibrio precario, resbaladizo, y no tardaría mucho en caerme. Sólo el hecho de estar mirando mi habitación con esos ojos súbitamente despejados, notando lo extraña que parecía, tan ordenada, como si nadie viviera allí, ya era peligroso de por sí. 
Deseché aquel pensamiento y me concentré, mientras me vestía, en el hecho de que ese día vería a Jacob otra vez. La idea me hizo sentirme casi... esperanzada. Quizás todo sería como el día anterior. Quizás no tendría que volver a recordarme a mí misma cómo parecer interesada en las cosas o cómo asentir y sonreír en los momentos adecuados, del mismo modo que había estado haciendo durante todo este tiempo. Quizás... Aunque, de todos modos, no confiaba en que esto durara mucho. Tampoco podía confiar en que las cosas se desarrollaran como el día anterior, que fuera tan fácil. No me iba a permitir una decepción así.
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La verdad es que quería volver a oírle, como le había oído en el extraño delirio del viernes por la noche. Durante aquellos escasos momentos, cuando su voz llegó desde alguna parte de mi inconsciente, cuando sonó perfecta, tan dulce como la miel, mucho mejor que en ese pálido eco que mi memoria era capaz de evocar, pude recordarle sin dolor. Pero no había durado; la pena me había superado, como yo sabía que ocurriría con certeza, y como demostraba  esta misión de locos. Sin embargo, los preciosos instantes en los que pudiera volver a oírle eran un señuelo irresistible. Tenía que encontrar el modo de poder  repetir la experiencia... o quizás sería más preciso decir «el episodio». 



Me quedé allí, a unos pasos de la casa. No quería mirar por las ventanas. No estaba segura de qué sería más duro de ver. Si las  habitaciones estuvieran vacías, sonando a eco desde el suelo hasta el techo, seguramente me resultaría doloroso. 
Como ocurrió en el funeral de la abuelita, cuando mi madre insistió en que no entrara a verla y permaneciera fuera. Me dijo que no necesitaba verla en ese estado, que sería mejor recordarla viva y no de esa manera.
Pero ¿no sería aún peor que no hubiera ningún cambio? ¿Que los sofás se encontraran colocados exactamente igual que la última vez, las pinturas en su sitio, y lo más horrible, el piano encima de la pequeña tarima? Eso sería casi tan malo como que la casa entera desapareciera de un golpe. La demostración clara de que no había ninguna posesión física que los atara de ningún modo. Que todo quedaba, intacto y olvidado, tras su paso. Al igual que yo. 
Le volví la espalda a ese enorme vacío y me apresuré hacia mi coche. Iba casi corriendo. Ansiaba alejarme, volver al mundo humano. Me sentía horriblemente vacía y quería ver a Jacob. 
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Cuando llegamos al garaje, me quedé de una pieza al encontrarme la motocicleta roja en pie, con aspecto de moto real,  más que de una pila de hierros retorcidos. 
Jake, eres sorprendente —jadeé. 
Rompió a reír de nuevo. 
—Me obsesiono cuando tengo cualquier proyecto entre manos —se encogió de 
hombros—. Aunque lo habría alargado un poco más si tuviera algo de cerebro. 
—¿Por qué? 
Miró hacia el suelo, parándose tanto rato que me pregunté si habría escuchado mi pregunta. Finalmente, inquirió: 
—Bella, ¿que habrías hecho si te hubiera dicho que no podía arreglar las motos? 
Yo tampoco respondí con rapidez, y él levantó la mirada para comprobar mi expresión. 
—Te hubiera respondido que... tampoco era para tanto, que seguro que seríamos capaces de encontrar a alguien que pudiera hacerlo. Y si realmente nos hubiéramos sentido desesperados, incluso podríamos  haber hecho alguna de las tareas del colegio. 
Jacob sonrió y sus hombros se relajaron. Se sentó al lado de la moto y tomó una llave inglesa. 
—Entonces, ¿me estás diciendo que seguirás viniendo cuando haya terminado
—¿A eso es a lo que te referías? —sacudí la cabeza—. Y yo que suponía que me estaba aprovechando de tus poco reconocidas habilidades mecánicas. Estaré aquí tanto tiempo como me dejes seguir viniendo.
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—¿De verdad que te gusta pasar el tiempo conmigo? —me preguntó, maravillado. 
—Mucho. Muchísimo. Y te lo demostraré."
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Esa noche no fue tan mala como la primera, después de haber oído aquella voz perfecta en Port Angeles. El agujero en el pecho regresó como solía ocurrir cuando estaba lejos de Jacob, pero sin ese dolor punzante en los bordes. Ya estaba planeando cosas, a la búsqueda de nuevos engaños, de modo que eso me distraía. También influía el hecho de saber que al día siguiente, cuando volviera a estar con Jacob, me sentiría mejor. Esto hacía que el agujero vacío y el dolor familiar se me hicieran más fáciles de soportar, ya que el alivio estaba a la vista. La pesadilla, a su vez, había perdido algo de su poder.
Seguía horrorizada por la nada, como siempre, pero también me sentía extrañamente impaciente mientras esperaba el momento que me enviaría gritando a la vigilia. Sabía que la pesadilla tenía que terminar.















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